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Biografía Barcelona La Ciudad Entusiasmada Francesc Montseny

Barcelona

La ciudad entusiasmada

Había un tiempo, en Barcelona, que la gente militaba en los bares. La ciutat entusiasmada habla de aquella época, de aquellos lugares, de aquella gente, de aquella ciudad. Una memoria muy subjetiva de la magia del Bar Universal y de todos aquellos que nos encontrábamos allí más de una noche…

El relato hace la memoria y no los recuerdos, según dice Naipaul.

La chispa saltó en medio de un intercambio de correos entre Francesc Montseny (autor del libro y uno de los socios de la Universal) y el periodista Xavi Muniesa. Este último dijo las palabras mágicas: «¡El mítico Universal!» A Francesc, acostumbrado a escribir reflexiones y pensamientos, jamás se le hubiera ocurrido escribir esta historia. Pero Jaume Vallcorba Plana murió al día siguiente y la memoria del escritor situó al editor en el piso de arriba del Universal. Por eso se dispuso a escribir y los recuerdos fueron haciendo este relato que tenéis en las manos.
Quien haya tomado más de una copa en el Uni, quien haya ido a ver las exposiciones, las presentaciones de revistas o simplemente a encontrarse con los amigos, seguro que se encuentra dentro de este libro.

Hablo de personas mucho más que de hechos o, éstos, son la excusa para hablar de personas que, entusiasmadas, se reúnen para sentirse en una especie de élite, la creativa. La ciudad es un artefacto de modernización (H. Pirenne) y uno puede vivir como víctima -cosa frecuente ahora mismo- o como actor. Y así de entusiasmado, la vendí a todos aquellos periodistas extranjeros a los que paseé desde La Venta hasta El salmonete mucho antes que los olímpicos.

Así la gente se acostumbraba al local y el local a ellos. Se lo hicieron suyo y algunos artistas expusieron su obra y otros recitaron su poesía. Las camarillas, los grupos, se iban haciendo según el día. Un día venían los editores, otro los psicoanalistas, otro los músicos, y los periodistas más a menudo que nadie. En medio de la multitud, podías distinguir los grupos sin lugar a dudas, unidos por su especial forma de intrigar en sus asuntos, por las gracias sabidas que se hacían entre ellos. Pero había un grupo que no era un grupo. No trabajaban en despachos similares ni sus trabajos los reunían para nada que tuvieran en común. Dispersos entre el resto, tenían una conexión extraña. Fueran dueños o subalternos, funcionarios o liberales, una igualdad les acercaba. Un alfabeto particular de miradas, de gestos ininteligibles y de intuiciones inexplicables los hacía cómplices ante una fatalidad que sólo ellos percibían. El reflejo de la fatalidad se lo veías en los ojos, en la mirada que miraba el vacío. Era una trama impenetrable para el resto del mundo ya que esta, el resto del mundo, para ellos no existía.
Aquel grupo era el de los que nos habíamos iniciado en la cocaína, lo que se convirtió en un mal perverso que comenzaba por hacerte sentir capaz de todo y acababa por hacerte incapaz de nada.
Si de jovencitos nos habíamos iniciado en el tabaco para que te hacía hombre -y a las mujeres muy glamurosas- y en el beber porque te hacía muy simpático y divertido, ahora nos iniciábamos en la torta que era todo otro nivel -aparentemente- un ritual nuevo, privado y muy elitista.

Francesc Montseny

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