Libro de muestra

 

LIBRO DE MUESTRA

DEDICATORIA
Para la abuela más fantástica del mundo, la más trabajadora, la que hace las madalenas más ricas y la que nos ha enseñado que las pequeñas cosas pueden ser las más grandes. Gracias por el ejemplo que nos has dado.

ÍNDICE

I. LA VIDA EN CAÑETE
II. APRENDIZ DE PANADERA
III. LA GUERRA Y LA EMIGRACIÓN
IV. LOS CASTRO SORIANO LLEGAN A BARCELONA
V. ANTONIA CASTRO Y JOSÉ RIERA, UN AMOR DE NOVELA
VI. LOS RIERA CASTRO EN SANT ANDREU
VII. EL TALLER, LA COSTURA Y LOS NIÑOS
VIII. LOS PASTELES DE LA ABUELA TOÑA
IX. UNA GRAN MUJER, UNA GRAN FAMILIA

 

 I
LA VIDA EN CAÑETE

Antonia Castro Soriano nació de madrugada, casi en el mismo momento en que el alba despuntaba en el pueblo. Quizás sea por eso que a la niña, la muchacha, la madre y la abuela Antonia le guste despertarse pronto. A Antonia nunca se le pegan las sábanas.
La comadrona llegó de milagro porque la criatura se adelantó, nació fácilmente y nadie se esperaba su llegada en esa fría noche de diciembre. El doctor había dicho: “no la esperen hasta el nuevo año”. Pero no fue así. Antes de llegar la Navidad llegó Antonia. Le pusieron el mismo nombre de la madre y de la abuela, para seguir la tradición. La familia Castro Soriano, que regentaba la panadería y dulcería del pueblo, era muy conocida en Cañete, un precioso y pequeño pueblecito histórico en el centro geográfico de la Serranía de Cuenca, Castilla la Mancha. En Cañete el tiempo se paró hace siglos. Su grandiosidad natural, su preciosidad monumental, sus costumbres ancestrales y su manera afable de vivir la vida son el origen de algunas de las gracias que ha heredado Antonia.
La madre de Antonia tuvo una alegría inmensa, aunque según los hijos ella ya sabía que sería una niña desde el primer día de embarazo. Dicen que desde el nacimiento de la niña no dejó de sonreír y cantar y que, por eso, Antonia es una persona tan alegre como su madre. Ella fue la tercera hija de los Castro Soriano, que ya tenían dos niños de diez y doce años de edad, sus hermanos Carlos y Mariano.
La niña Antonia aprendió el oficio familiar desde pequeñita. Le gustaba el obrador, la harina y el horno pero tenía un arte especial para atender a la gente. Daba gusto verla despachar los panes comentando las cosas del pueblo y parecía que la gente acudía a la panadería de los Castro Soriano para ver a la chiquilla que, a pesar de no alcanzar el mostrador, nunca dejaba de sonreír ni de entablar conversación. Y nunca se equivocaba al contar las monedas para devolver el cambio. En la escuela era hacendosa pero nada le gustaba más que estar en la tienda, de modo que el timbre de la escuela todavía estaba sonando cuando ella entraba sonriente por la puerta dispuesta a ayudar a su madre.
A sus hijos les gusta recordar una anécdota de aquellos años en los que ya se hablaba de la dulzura de Antonia, de su don de gente, de su generosidad y de su alegría. Cuentan todavía en el pueblo que, siendo aún mocita, empezó a quedarse en la panadería hasta la hora de cerrar. Ella se sentaba en un rincón a hacer las tareas de la escuela y no se perdía ni un detalle de lo que en la panadería acontecía. Cuando las terminaba, saltaba hacia el mostrador y, al anochecer pedía a sus padres que le dejaran llevarse las sobras de pan y dulces que no se podían reutilizar. A veces continuaba amasando y hacía figuritas de pan para regalar, otras veces ponía los dulces en leche y se los daba a los gatos de la calle y, a veces llevaba presentes a las familias del pueblo donde había recién nacidos. En una de estas misiones, la mujer más vieja del pueblo le interceptó el paso.
–Saltarina –le dijo interponiendo el bastón en su camino– a ti nunca te va a faltar de nada.
Era una mujer de noventa años, flaca como un bacalao y arrugada como un pergamino que andaba siempre por el pueblo como una sombra y parece que no tenía deferencias con nadie. La niña, que nunca había escuchado la voz de la vieja, se paralizó de miedo y no se le ocurrió nada más que brindarle la bolsa de madalenas secas que llevaba en su mano. La vieja sonrió enseñando su boca sin dientes, cogió una y le tiró un beso. Antonia salió disparada a la carrera y llegó a casa sin aliento.